Como para no estarlo. Como todos sabéis, este fin de semana se han celebrado los fastos del orgullo gay. Hasta ahí todo bien. Buenrrollito y eso. Sin embargo, la semana grande del arcoiris ha provocado algunos problemas por los que el colectivo en cuestión -y los cienes y cienes de no-gays que acudieron masivamente- por supuesto no debe ser culpado, sino nuestros cada vez más queridos gestores.
El peor de todos ellos, al menos para el sentido del olfato, es la podredumbre que han dejado tras de sí los restos de la enorme juerga. Esta mañana, la calle Escorial olía a todo tipo de desechos, muchos de ellos salidos de orificios humanos. Algo que por desgracia viene siendo habitual, pero en esta ocasión el hedor era especialmente intenso. De la calle Colón ni hablamos. Fuencarral estaba demencial, y Hernán Cortés era toda ella una meada del principio al final. Imposible respirar.
Pero hete aquí que llego a la calle Gravina, uno de los límites "psicológicos" que separan Chueca de lo que no es Chueca, y que va a parar a la plaza homónima en la que ha tenido lugar el grueso del asunto del orgullo. Aquéllo, por lógica, debía estar nauseabundo, teniendo en cuenta cómo estaban calles que se supone que no estaban incluidas en el itinerario orgulloso, pero a las que se trasladó la farra debido al colapso de Chueca. Pues no. Gravina estaba tan limpia como si la misma Espe hubiera bajado con la aspiradora personalmente a barrerla. La plaza olía a lima límón, como si Gallardón en persona hubiera bajado con su cubito y su fregona y hubiera lavado todo con Mister Proper. Las calles colindantes, un primor. Almirante, para qué mencionarlo, por allí no saben lo que es la porquería y nunca lo sabrán.
Chicos, hay que hacer algo. O bien seguir el ejemplo de nuestros vecinos chamberilenses, forrarse y atraer tanto dinero de ocio al barrio Maravillas que nos traten como si no nos mereciéramos vivir en una microatmósfera de ácido úrico y vino y mierda, o trasladarnos unas calles más para abajo, donde la manguera sí hace acto de presencia (aquí está empezando a ser casi un ser mitológico), u organizar unas patrullas vecinales de limpieza de calles y fachadas, o quemar algo o algo. Yo me apunto pero que ya a la plataforma de protestas del barrio y me voy a hacer activista y de todo.
No hay derecho! La teoría de la Espe-culación de Gallardón, miss Bottle y demás conspiradores cada vez tiene más sentido. Pero si se cree que nos vamos a ir, lo lleva crudo. Amos hombre!! Como para ponernos ahora a buscar otro piso, otro barrio, otro Bufalino, otro Pezgordo, otra Katrina. De eso nada.